Su bodega fue elegida la mejor de Sudamérica y del mundo: Pepe y Sebas Zuccardi explican por qué

Padre e hijo lideran Zuccardi Valle de Uco, elegida Mejor Bodega y Viñedo de Sudamérica y del Mundo por segundo año seguido. Entrevista exclusiva sobre el presente y futuro de una empresa familiar que facturó u$s 70 millones en 2019

“El hombre quiere amar la piedra, su estruendo de piel áspera: lo rebate su sangre. Pero algo suyo adora la perfección inerte”. ‘Piedra Infinita’ es el título de la obra maestra de Jorge Enrique Ramponi, un poeta mendocino que hizo cumbre en 1942 con ese extenso y existencialista tributo a la cordillera de los Andes.

Piedra Infinita es el nombre de la finca en Paraje Altamira donde se erige Zuccardi Valle de Uco, elegida por segundo año consecutivo como la Mejor Bodega y Viñedo de Sudamérica y del Mundo por la Academia de The World’s Best Vineyards. 

La votación fue realizada, de manera virtual, por 500 referentes de la industria, quienes evalúan no sólo los vinos sino también la experiencia turística integral, incluyendo: “la gastronomía, el recorrido, el ambiente, el personal, la vista, el precio, la reputación, la accesibilidad y todo lo que hace que una visita sea una experiencia gratificante para los visitantes”.

Piedra Infinita 2016 es la única etiqueta nacional que en 2019 alcanzó la máxima calificación (100 puntos) en el informe sobre Argentina de The Wine Advocate, del prestigioso Robert Parker. 

Como las piedras aluvionales que debieron remover en 1.000 camiones (cuando la estimación inicial había sido de 300) para construir -con una inversión de u$s 15 millones- la nave nodriza destinada a la elaboración de los vinos ícono del siglo XXI de la bodega fundada en 1963…

Así de infinitas están siendo las alegrías para los Zuccardi, una de las únicas cuatro familias bodegueras argentinas que controlan el 100% de su negocio. Es la cosecha jubilosa de una siembra silenciosa en Valle de Uco, la joya de la corona vitivinícola mendocina. Porque pasó más de una década desde que comenzaron a explorar, a contramano del escepticismo generalizado, los suelos calcáreos de esa microrregión ‘olvidada’, con la convicción de que allí está la patria chica de los grandes vinos argentinos del futuro.

“En la búsqueda de vinos de alta calidad, con capacidad de crianza y añejamiento, Valle de Uco es una zona superlativa, indudablemente. Desde que empezamos a soñar con lo que podríamos hacer hasta que fue realidad, pasaron 15 años. Y todavía te diría que estamos en los comienzos: lo de ahora supera todo lo que hicimos, y lo que nos espera no podemos ni imaginarlo. Siempre digo que en esto se nota la diferencia entre las empresas familiares y las corporaciones en el negocio del vino, porque este tipo de proyectos no se puede regir por la búsqueda de resultados en el corto plazo, sino que se necesitan tiempos muy largos que sólo se sostienen cuando se comparten sueños. La rentabilidad no es nuestro objetivo, sino una condición. Siempre digo que la rentabilidad es a las empresas lo que la respiración es a las personas: si no respirás, morís en dos minutos; ahora, no vivís para respirar. Además, las organizaciones familiares somos mucho más eficaces si nos ordenamos bajo la conciencia de que la familia no es un hecho sanguíneo: la sangre está bien, pero la familia son objetivos y valores compartidos. Eso nos hace fuertes en lo incierto para dirigir las acciones a materializar nuestras ilusiones”, predicaba campechanamente José Alberto ‘Pepe’ Zuccardi mientras conducía la 4×4 que, un amanecer de noviembre, nos llevó desde la ciudad de Mendoza hasta Piedra Infinita, donde nos esperaba Sebastián, su hijo mayor, quien lidera Zuccardi Valle de Uco desde 2009 y una década más tarde fue considerado uno de los 10 mejores enólogos de Sudamérica por el Master of Wine Tim Atkin en la revista británica Decanter.

Pepe, tanto tu padre, Alberto Victorio, como vos, tuvieron un amor a segunda vista por la viticultura. ¿Cómo fue que los conquistó?

Mi viejo era tucumano, estudió Ingeniería Civil y se vino a trabajar a Mendoza, donde instaló su negocio de prefabricados de hormigón. Entre otras cosas, tenía unos caños que se usaban en California en los ‘50 como sistema de riego subterráneo. Se dio cuenta de que eran una herramienta que, bien usada, podía funcionar en la provincia, donde sólo el 3,5% de la superficie se riega. Plantó unas vides donde está ahora nuestra Bodega Santa Julia: su objetivo era hacer un showroom para mostrar su funcionamiento, pero empezó a trabajar en el viñedo y se apasionó. Descubrió su vocación de viticultor y laburó hasta los 90 años.

Zuccardi en cifras (2019)

u$s 70 millones de facturación

60% exportaciones

890 empleados

1.000 hectáreas de viñedos

En el ‘76, con tres años en Ingeniería Química en San Juan, decidí volverme porque la universidad se enrareció después del golpe de Estado. Así que me sumé al trabajo de mi padre en las fincas de Maipú y Santa Rosa. Al cabo de un año, decidí dedicarme a la agricultura. Por entonces hacíamos vinos a granel, como tantas bodegas de la época. Pero ya teníamos el sueño de llegar al mercado, de integrarnos, de ir desde la tierra hasta la mesa.

¿De qué manera transformaron la gran crisis del vino en los ‘80 en una oportunidad para diferenciarse?

Recordemos que había 330 mil hectáreas de viñedos en todo el país y, en una década, se arrancaron más de 100 mil. Decidimos encarar un proceso profesional de reconversión varietal orientada a mejorar la calidad para tener un diferencial competitivo. En el ‘92, con la ley de Convertibilidad, descubrimos el mundo en términos vitivinícolas: fue un shock conocer todo lo que se hacía afuera. Nos orientamos mucho al mercado externo y eso nos obligó a desarrollar, innovar y evolucionar en un paradigma de mejora continua. Mi viejo hizo un trabajo muy lindo en la parte vitícola. Como era un tipo con una mente muy lógica, trabajó en el sistema de riego, de conducción, de cosecha: todo, apuntado a racionalizar. Y eso nos dio un plus de productividad en el tiempo. Así hemos trabajado desde entonces. Pensá que en 1981 hacíamos una damajuana, bajo la etiqueta Uvas del Sol, algo muy básico con lo que llegamos por primera vez al mercado. Paso por paso, hemos desarrollado productos superadores. Hemos subido todos los escalones en esta industria, Andrea.

¿Cómo fue que tu hijo mayor, Sebastián, impulsó Zuccardi Valle de Uco, la bodega de élite de la empresa? 

Seba empezó en el ‘99, con 19 años, a hacer espumantes. Fuimos a la misma escuela de la universidad, que tiene orientación agrícola y enológica. En el último año, hizo una práctica de vino espumante con método tradicional. Y al año siguiente me dijo que quería hacer un proyecto al respecto con otros tres amigos. Le dije: “Acá está la bodega. Hacé lo que quieras. Mucho no te puedo ayudar porque nunca hice un espumante”. Y ahí empezó Alma 4. Al poco tiempo, comenzó a trabajar con uvas del Valle de Uco, buscando mayor acidez para los espumantes. Y me empezó a insistir: “Tenemos que ir a trabajar a esa zona”. Yo le decía: “Seba, no me da más el cuero. Estoy sobregirado” (risas). No desistió: compraba uvas en distintas propiedades de la zona para vinificarlas y conocer más el área. Fue una experimentación en la que invirtió muchos años. Se recibió en 2004 y se fue a trabajar a Francia. Cuando volvió, se enfocó en Valle de Uco. Ha sido el mentor y el impulsor de todo lo que venimos haciendo en esta zona.

¿Cuál es el alcance del recambio generacional que están encarando en el último tiempo?

Los recambios generacionales son complejos. Y en la Argentina, particularmente, no hay una gran escuela sobre este proceso en empresas familiares, y mucho menos en la vitivinicultura, industria en la que ha habido muchas pérdidas. En realidad, más que impulsar a los chicos a que vinieran a hacer cosas en la bodega, traté de apoyar las iniciativas que tuvieran. Miguel, el más parecido a mi padre, se puso a analizar con mucho detallismo el aceite de oliva y creó esa división de negocios. Y cuando abrimos Casa del Visitante, Julia se sumó como responsable del área de hospitalidad. Siempre me ocupé de apoyarlos, dejarlos hacer y acompañarlos en conectar sus innovaciones con lo que veníamos haciendo.

En esta etapa, estamos con una dirección compartida de la compañía: Seba maneja la parte agrícola y enológica, además de los recursos humanos, que son el núcleo y el futuro de la actividad; yo manejo las áreas de administración y comercial; Miguel, además del aceite, la división de mantenimiento; y Julia continúa con la hospitalidad y acompañaba a mi madre, Emma, en la gestión de la Fundación Zuccardi (NdE: Doña Emma falleció a fines de abril de 2020). Las decisiones importantes, las tomamos entre los cuatro. Trabajar así, juntos, ha sido una decisión de ellos. Y eso es lo más importante para mí. Siempre les dije que me encantaba la posibilidad de trabajar con ellos, pero que no iba a decidirlo ni imponerlo. Cuando emprendés una actividad, tiene que ser tu deseo y decisión. No hay nada hereditario en Zuccardi. Porque no sentirte obligado a continuar legados ni obedecer mandatos es la garantía de hacer solamente aquello que es tu legítima elección.

¿Significa que estás preparando tu retiro?

No, pero mi rol va cambiando. La empresa creció y necesita una estructura profesional más diversificada. Es ir generando los espacios y la estructura para esta nueva etapa. En un momento, me tocaba correr por toda la cancha, y terminó siendo una organización muy centrada en mí. Hoy eso cambió: hay un equipo que toma las decisiones.

¿Cuál es el aporte de la tercera generación?

Creo que la cualidad más importante en cada uno de mis hijos, y que comparten, es que no son conformistas. Tienen un nivel alto de autoexigencia, se involucran y comprometen a fondo con lo que hacen. Seba tiene muchas condiciones de liderazgo: disfruta de trabajar en contacto estrecho con la gente, es un excelente armador de equipos, un líder natural. Miguel es muy riguroso, muy obsesivo en lo técnico, súper enfocado en lo cualitativo y está haciendo desarrollos impresionantes en el aceite de oliva que en el tiempo van a sorprender por su aporte a esa industria. Ni Seba ni Miguel tienen medida en su compromiso y a veces hay que frenarlos, para cuidarlos (se queda pensativo). Julia tiene otro temperamento, que le permite ser la articuladora entre los hermanos: está en la etapa de crianza de sus hijos pequeños, lo cual la obliga a hacer un esfuerzo doble, pero la petisa está a la altura de su rol en el área de turismo, gastronomía y RSE. Lo más importante es que se complementan bien no sólo a nivel laboral sino también en su vínculo fraternal, y sus hijos se crían juntos. Nacieron seguiditos: Seba tiene 39; Julia, 37 y Miguel, 36. Suelo decirle al Seba que siempre lo traté como a un grande porque tenía tres años y ya tenía dos hermanos (risas).

Si bien todavía son muy chiquitos, ¿creés que alguno de tus nietas y nietos se perfila como la cuarta generación de bodegueros?

(Suspira) A veces es una mochila muy pesada pertenecer a una familia que tiene una empresa familiar, porque te puede predestinar a una función. No te voy a mentir: siempre tuve expectativas con mis hijos, pero las pasé a un plano consciente y les dije: “Hagan lo que quieran. Si es afín con lo que hago, quizás pueda ayudarlos más; pero no es condición”. Hay poquitas cosas en las que uno puede decidir en esta vida, y una de ellas es qué hacer. Por eso, el fracaso de las empresas familiares se gesta forzando a los integrantes a vincular su identidad con la compañía. Me parece que la trascendencia humana no existe sino a través de nuestros afectos. Entonces, no considero válido ponerles a mis hijos ni nietos una mochila en la espalda para que repliquen lo que hago y, así, de algún modo perpetuarme. Mirá esa cordillera: son 145 millones de años. Comparado con eso, todo intento de trascendencia humana es insignificante.

“Zuccardi ha hecho progresos notables en calidad desde que comencé a revisar los vinos de Argentina, en 2014. Sus vinos se han mostrado mejores con cada cosecha. El 2016 fue un año decisivo, cuando la precisión de su trabajo alcanzó niveles inauditos”. Así de rotunda fue la evaluación de Luis Gutiérrez, autor del reporte Argentina para The Wine Advocate que habilitó los 100 puntos obtenidos en 2019 por Zuccardi Finca Piedra Infinita 2016, el único vino nacional que llegó al podio en esa edición.

LAS MEJORES BODEGAS Y VIÑEDOS 2020

Mejor Bodega de Sudamérica y del Mundo: Zuccardi Valle de Uco (Argentina)
Mejor Bodega de Europa: Domäne Wachau (Austria)
Mejor Bodega de Oceanía: Rippon (Nueva Zelanda)
Mejor Bodega de Asia: Château Mercian Mariko Winery (Japón)
Mejor Bodega de Norteamérica: Robert Mondavi (Estados Unidos)
Mejor Bodega de África: Delaire Graff Estate (Sudáfrica) 

Inaudita fue la imagen de Sebastián Zuccardi recibiéndonos en la explanada de la bodega. A primera vista, es de una modernidad inesperada en ese paraje paradojal, tan inhóspito por naturaleza como dócil al mandato humano de fertilidad. Enseguida, la materialidad del complejo se revela orgánica, como descubrí cuando la visité en la exclusiva fiesta de inauguración en 2016, mismo año en que recibió el Oro a la Mejor Arquitectura y Paisajismo por parte de la red global Great Wine Capitals: arena y agua del vecino río Tunuyán, piedras calcáreas de la finca; espinillos, jarillas y flores lagaña de perro nativas.

Y mientras caminaba a su encuentro, quizás por efecto del aire prístino que sopla allí, al pie de los Andes, recordé vívidamente un viaje relámpago en 2013, cuando Seba me mostró la primera calicata a la que bajé en mi vida; me dibujó, con una ramita y en la arena, el croquis de la bodega de sus sueños; me habló con pasión de los vinos calcáreos como el futuro de la Argentina y me ayudó a trepar a una roca gigante para comprobar la energía infinita de ese lugar que sentía, ya por entonces, su Nuevo Mundo.

Seba, con tres de los reconocimientos más importantes de la industria a nivel mundial, ¿dirías que comenzó oficialmente la nueva era de Zuccardi?

Es más fácil ir del viñedo a la bodega, que al revés. Por eso, para mí, una de las claves de esta etapa es que, como familia, venimos del viñedo. Nuestro abuelo tenía un cartel en su oficina que decía: “La naturaleza se mueve por las leyes de la obediencia”. Cuando empezás trabajando en el viñedo, aprendés que no hacés lo que querés. Siempre lo hemos hablado con mi papá, y es una verdad, no una frase hecha: no trabajamos para ninguno de esos premios. Pero, sin dudas, estos reconocimientos visibilizan un montón de cosas que todavía no eran conocidas de la familia.

Sos uno de los referentes de una generación que revoluciona la industria. ¿Cuál es el legado que están sembrando?

Muchos dicen que mi generación está revolucionando la historia del vino argentino. Y creo que es una verdad a medias: en nuestra actividad, cada generación se apoya sobre los logros de la anterior. La de mi papá tuvo que refundar la viticultura argentina porque en los ‘80 estaba en cero. Además, tuvo que salir a contarle al mundo que acá se producía vino, porque como se consumía casi todo internamente nadie sabía de nuestra tradición centenaria. Ellos construyeron nuestra reputación como país productor líder en volumen, en calidad y con el malbec como bandera.

Mi generación tuvo la ventaja de no tener que discutir qué es un vino de calidad: recibimos ese estándar ya establecido como paradigma. Y tuvimos más oportunidades para formarnos: estudiar, viajar, vendimiar, probar vinos del mundo. Por eso estoy convencido de que la siguiente generación será mejor: vamos a dejar todo un escalón más alto. De todas maneras, ya en lo personal y como integrante de una bodega familiar, creo que lo único que una generación puede legarle a la siguiente, en términos horizontales, es la identidad.

¿Cómo lidiás con las expectativas, propias y ajenas, sobre tu rol como continuador de la saga Z?

Las empresas familiares pueden ser el cielo o el infierno. No hay punto medio. Y el mayor peligro son los mandatos. Cuando hacés algo que no viene de tu interior, o primero perdés tu vida y después tu empresa o primero perdés la empresa y luego tu vida, en el sentido de perder tu energía en algo que no te interesa. Hablo por mí, pero mis hermanos te dirían lo mismo: tuve la oportunidad de elegir. Si estoy sentado hoy acá, no es por obligación. Y si llego a los 60 años y no estoy feliz con mi vida, no podré reprocharles nada a mis padres, porque no ha habido mandato familiar sino elección personal. Cuando me uní oficialmente a la empresa, mi papá estaba muy ligado a la región donde tenemos la bodega, Maipú, y a Santa Rosa. Lógicamente, no tenía la energía ni el tiempo necesarios para empezar algo más. Le dije que teníamos que venirnos para acá, que era el camino. Y si hay algo espectacular que tiene mi papá es que cuando ve algo que funciona, él empuja también. Es más, después hay que andarlo frenando (risas).

¿Por qué identidad es tu palabra fetiche cada vez que hablás de Valle de Uco como la región que va a posicionar a la Argentina definitivamente en el podio mundial?

En 2005 plantamos los primeros viñedos en Valle de Uco que, a diferencia de lo que muchos suponen, es una zona antigua de viñedos porque muchos inmigrantes italianos se instalaron acá a principios del siglo XX. De hecho, en su época, esta zona fue la principal productora de malbec del país. Nuestro aporte distintivo, en una zona donde hay mucha gente trabajando, es haber hecho un estudio muy serio y extenso de clasificación de suelos y desarrollo del viñedo en base a las diferencias que hallamos incluso de una parcela a la contigua, con apenas 10 metros de distancia. Este lugar es único, esta cordillera es única, y las condiciones que generan son únicas. No son mejores ni peores que otros lugares productores del país, pero sí las que nos pueden posicionar definitivamente como productores de vinos de alta calidad, al estilo de Borgoña, Burdeos o Toscana.

¿Esa visión estratégica y disruptiva la tuviste siempre o fue resultado de tu formación, los viajes y la libertad con que te dieron lugar en la empresa? Digo, ¿sos un hijo de tu época más que de tu familia?

Tomé dos decisiones muy importantes para mi vida profesional. La primera fue, cuando terminé el secundario, estudiar Agronomía y no Enología. No tenía conciencia de por qué hacía esa elección. Luego entendí que fue porque me crié en el viñedo: mi papá estaba más ahí que en la bodega, así que mi relación tenía más que ver con la tierra que con la industria. Y esa elección fue muy importante, crucial, porque lo que vemos hoy en el proyecto, y ha sido clave en nuestro crecimiento, es que nuestra mirada es desde el viñedo. No sentimos que creamos en la bodega, sino que respetamos y vinificamos lo que viene del viñedo.

Y la segunda decisión importante la tomé al terminar la universidad, cuando tuve la oportunidad de viajar para hacer vendimia en otros países: no fui a copiarme, sino a trabajar con gente interesante, referente, líder, que compartió su estilo de vida y saber. Trabajé, comí, charlé, vinifiqué y viví con ellos. Así me di cuenta de que lo que quería hacer es contar la historia de un lugar. Y empezamos en 2009 con lo que considero, quizás, el paso más audaz, que fue empezar con Aluvional, el primer vino que apostó a la expresión de una región como paradigma. Ahora, no ha sucedido de un día para el otro. Hay algo que mi papá dijo y para mí es súper importante: las únicas que pueden hacer este trabajo de largo plazo son las empresas familiares. Porque para nosotros esto es una pasión, una vocación.

Además de identidad e innovación, ¿qué otros valores incluirías en el escudo heráldico de Zuccardi? 

Coherencia. Hicimos el proceso, no sé si conscientemente, de la forma correcta: vinimos al Valle de Uco, estudiamos qué lugares nos gustaban, nos instalamos, plantamos viñedos, trabajamos la tierra. Y cuando llegó el momento en que entendimos la forma de trabajar el viñedo, asumimos que había que cambiar la forma de trabajar en la bodega y empezamos con la construcción de este lugar. Por eso hablo de coherencia: hemos ido desde lo más básico a lo más alto.

Esto es como un iceberg: lo que se va viendo es sólo el 10%, pero en la medida en que esa masa que está debajo del agua es más grande, el proyecto se hace más visible. Y, sobre todo, tiene profundidad, que para mí es algo clave. Si hubiéramos venido al Valle de Uco y rápidamente hubiéramos dicho “queremos llegar acá, hacer así y ganar asá”, quizás lo más rápido hubiera sido construir una bodega inmediatamente, comprar uvas de la zona y ponernos a vinificar. Pero elegimos el camino largo.

¿Qué ha sido lo más arriesgado, audaz o disruptivo que hiciste hasta ahora? ¿Lo que más te hayan criticado?

¿Sabés una cosa? Tengo mala memoria. Y eso me permite vivir muy bien (risas). Es malo para los negocios, pero excelente para la vida. Tengo toda mi energía en lo que viene, estoy siempre volcado al futuro. Por eso me cuesta, a veces, ser objetivo sobre lo que hicimos. Pero diría que lo más disruptivo hasta ahora tiene que ver con esta confianza ciega en el lugar, con esto de habernos largado de cabeza en lo que sentíamos, en lo que creíamos. Y haber saltado sin red de contención. Eso también tiene que ver con que mi familia no tiene una tradición centenaria a conservar, lo que me dio margen para construir algo diferente o complementario. Todo lo que hice fue seguir mis instintos. En algún momento, implicó salirnos del paradigma para meternos en otra zona, desarrollar otro estilo de vinificación. Y ahora tenemos la suerte de que nuestro proyecto empieza a ser muy visible porque se sincronizó con lo que el mundo valora, pero no lo hicimos siguiendo una tendencia sino pensando en nuestras energías  primarias.

Pepe, te salís de la vaina por meter una palabra… 

(risas) Es que hay algo en nosotros de nadar contra la corriente desde siempre. Nos gusta actuar por convicción. Y eso está en el ADN de la familia: la búsqueda, el no caminar por senderos conocidos simplemente, el salirse del deber ser.  Creo que estamos en el inicio de un gran cambio de paradigmas. Hubo que pasar momentos difíciles, porque cuando cambiás de rumbo, tenés que rendir examen. Y todo el mundo se cree con derecho a evaluarte porque la ley de la inercia es muy fuerte.

Sebas, ¿qué es lo más apasionante de tu trabajo?

La maravilla de esto es que no te podés aburrir, no hay rutina posible: cada año es diferente y vos cada año también sos diferente como hacedor de vinos, porque lo que te cambia en la vida también te cambia la forma de hacer los vinos. Por eso es tan importante la identidad como productor, que no sólo tiene que ver con el viñedo y el vino en sí, sino con cómo entendés lo que te va pasando en tu vida y cómo eso influye en tu modo de hacer vino. Algunas personas pueden decir que es aburrido tener que cultivar siempre el mismo lugar, pero al contrario: es una actividad de un nivel de vitalidad impresionante.

Cuando te parás frente a un viñedo y te toca trabajarlo, no tenés nada seguro. Cada año te enfrentás a tus miedos y a tus inseguridades. Algunas cosas que hiciste antes te sirven, pero la mayoría no. No hay manual. Para mí, es una actividad de muchísima adrenalina, aunque desde afuera alguien la puede ver rutinaria. Incluso el momento silencioso, como la primavera, es de muchísimo trabajo viñedo adentro. Pero la cosecha tiene el vértigo de ser un mes y medio donde se juega todo el trabajo del año. No la sufro. Creo que vivo todo el resto del año para disfrutar ese momento.

Hay unanimidad en que sos uno de los jóvenes maravilla de la enología argentina. También se sabe que sos súper autoexigente. ¿Qué te falta aprender o pulir?

Tengo que desarrollar algunas habilidades que quizás no están dentro del paquete de mis energías naturales pero que son fundamentales para llevar el negocio. Soy afortunado porque las puedo entrenar con alguien que me va a ir dando ese tiempo y espacio. Mi papá y mi mamá (NdR: Ana Amitrano, gerente Comecial de Mercado Interno) son brillantes. La empresa está bien fundada por mis abuelos: hay valores, hay una idea… Pensá, Andrea, que desde el año ‘63 se reinvierte el 100% de las ganancias de la empresa. Nosotros no retiramos nada. Vivimos en casas normales, nuestros hijos van a colegios normales, manejamos las camionetas de la empresa. Eso le da una trascendencia muy grande a lo que hacemos, porque no vemos a la empresa como una vaca lechera que hay que explotar, sino como el lugar donde nos desarrollamos y donde van a desarrollarse nuestros hijos, si ellos quieren. La concebimos como un espacio de vida. Yo no recibí plata. Y no quiero plata. Yo recibí un lugar cuidado, un lugar con mucha profundidad y oportunidad para desarrollarme. Y esa es la expectativa para la generación que viene.

Si bien tus hijas son pequeñas, ¿en algún momento te imaginás trabajando con ellas?

Así como yo elegí, tengo que darles a las chicas la posibilidad de que elijan, porque los mandatos familiares son muy duros. Ahora, si me ven feliz, quizás decidan que aquí también quieren buscar su propia felicidad. A mis hijas no las llevé nunca al cine. Sí han ido con mis padres. Eso significa que hace 5 años no voy a un cine. Pero no me pesa. Al contrario, demuestra lo que creo: que sin energía, trabajo y convicción, no se llega a nada. José y Ana han trabajado como locos. ¡Durante 20 años mi papá estuvo en la feria de Londres para mi cumpleaños! Y tenemos una relación fantástica porque el tiempo no es la cuestión primordial.

¿Cómo es el día a día entre ustedes?

Sebas: ¡Vivimos en estado de asamblea permanente por WhatsApp! (risas). Hoy tenemos una energía muy grande y compartida, también con Miguel y Julia. Es un momento único en la empresa. Es difícil que haya otro de tanta potencia.

Pepe: Estamos todos en etapa productiva, enfocados, con energía física y mental equivalentes. Si hemos heredado los genes de Emma, tenemos para un rato largo.

Emma, la matriarca

En noviembre pasado, cuando viajé a Mendoza junto al fotógrafo Nico Pérez para entrevistar a Pepe y Sebas, tuve la oportunidad de compartir la infaltable cena de domingo familiar en casa de doña Emma, un torbellino de vitalidad admirable.

Al día siguiente, le pregunté a Pepe por ella, el corazón de los Z: “Emma va cuatro días por semana a las oficinas, rigurosamente. Y conoce hasta el último número de la empresa. Ahora se ocupa de llevar la sala de arte en Santa Julia, donde cada tres meses hace una muestra con artistas locales que permite difundir a pintores y escultores mendocinos, y una vez al año organiza Cosecha de Artistas, donde convoca a los que han pasado por ese espacio para recolectar uvas o aceitunas y se produce una edición limitada con la cosecha de ese año. Además, trabaja con Julia en la Fundación que creamos para desarrollar proyectos educativos, sociales y de emprendedurismo. Es muy organizada y enfocada. Los últimos tres años de mi viejo, se dedicó a cuidarlo. Pero cuando falleció, en 2014, se puso las pilas y se reincorporó a la actividad a pleno. Se levanta temprano, lee todos los diarios y mantiene el entusiasmo por seguir aportando a la empresa. Emma trabajó siempre, y mucho, codo a codo con mi padre. Fue haciendo lo que era necesario: mi papá fue un tipo muy creativo, con una visión de largo plazo impresionante, y ella lo complementaba en todo lo terrenal, como las finanzas, la administración, los recursos humanos”.

El pasado 2 de mayo, los Zuccardi difundieron este comunicado:

“¡Adiós Emma!

Hoy nos toca dar la triste noticia del fallecimiento de Emma. Este jueves 30 de abril, nos dejó luego de una larga vida llena de alegría y afecto. Emma fue una mujer fuerte y trabajadora, pilar fundamental del desarrollo de nuestra empresa familiar. También, fue una madre, esposa, abuela y bisabuela que con su amor y carisma dejó una huella indeleble a lo largo de tres generaciones, y que es en gran parte responsable de lo que todos nosotros somos.

Ella fundó junto a Alberto nuestra empresa en 1963, y desde entonces tuvo una activa participación en su desarrollo. En los últimos años se enfocó activamente en el área de Recursos Humanos y en la Fundación Zuccardi. Siempre tuvo un especial interés por estar atenta a las necesidades de quienes trabajan con nosotros, y nos inculcó que familia no solo son los vínculos de sangre, sino especialmente todos aquellos con quienes compartimos valores y objetivos. También, como parte de su gran sensibilidad, trabajó activamente en la difusión y preservación del arte de Mendoza, y creó nuestra Cava de Arte donde de manera permanente exponen sus obras artistas de la provincia.

Hace algunos meses tuvimos la posibilidad de editar y publicar el libro ‘La cocina de Emma, recetas de una familia mendocina’. Pudimos rendirle un homenaje muy especial a través de las comidas con las que durante décadas nos deleitó y mimó, y del recuerdo de su mesa, que siempre estaba puesta e invitando. Emma fue una presencia central, que unió y creo hermosos lazos y momentos.

Hoy nos toca despedirla, luego de haber tenido el privilegio de haber disfrutado de su presencia a lo largo de nuestras vidas. Hoy, y de aquí en adelante, solo nos queda recordarla con alegría.
José Alberto – Sebastián – Julia – Miguel”

Fuente

https://www.cronista.com/clase/gourmet/Zuccardi-Valle-de-Uco-cual-es-la-mejor-bodega-y-vinedo-de-Sudamerica-y-del-mundo-2020-20200714-0002.html

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